
El pre-maquiavelismo es el Irán de los ayatollah. Lo sabe cualquiera que no ande repitiendo “el fin justifica los medios” como una frase de sobrecito de azúcar.
El discurso de este año fue mucho mejor que el del año pasado. Digamos todo. En 2025 trató de pedófilos a los homosexuales. Ahora sólo dijo que Maquiavelo se murió. En 2025 gritó como un lunático. Ahora casi no se le escuchó la voz. En 2025 era Bart Simpson a pleno cacerolazo para que alguien notara su existencia. Ahora hizo ingentes esfuerzos para pasar desapercibido. En 2025 los hispanohablantes se dieron cuenta de que el hombre no sabe leer. Ahora también. Nada grave. Ni que fuera presidente de un país.

Hasta ahí, todo bien. Casi que estoy para conformarme con eso y reírme un rato de que no sabe leer. Lo demás está muy bien. El mundo es un quilombo monumental y Argentina necesita hacer equilibrio sin sacar los pies de platos cada vez más alejados (matrimonio por conveniencia con Trump, balanza comercial con Brasil y China, acuerdo Mercosur-UE, etc.). Hacerse el boludo y no pronunciarse absolutamente sobre nada me parece una excelente decisión. Si es que fue una decisión, claro. En cualquier caso, salió bien. Con todo el quilombo de Groenlandia, Trump se comió el escenario antes, durante y después. Mientras habló Milei no quedó ni el loro adentro.
Confieso también que con lo de la muerte de Maquiavelo me reí. Al principio al menos. Pero después del increíble anuncio que no escuchó nadie en una sala vacía y que no le importó a nadie más que a los boludos que nos reímos de boludeces en Twitter, Milei arrancó con una diatriba monocorde y aburridísima -pero no por eso excusable- sobre el derecho natural y la inherente justicia del principio de eficiencia al que este hombre se abraza casi tanto como a su carpetita de apego.
Entonces dije "no, señor, hasta aquí llegó mi amor". Que no sepa leer: vaya y pase. Que escucharlo sea tan divertido como patear la pata de la mesa con el dedo chiquito del pie: vaya y pase. Que trate de muerto al creador de la ciencia política moderna don Nicolás Maquiavelo: vaya y pase. Pero que quiera confundir el derecho con la moral, la ética con la política, el poder con la fuerza y a todo eso con su amigo Trump, que está más loco que un plumero: no, señor. Como dice -nos ponemos de pie- Rosa María Juana Martínez: así yo no.
Hay un montón de notas intentando elucubrar qué carajo quiso decir con que Maquiavelo se murió, pero la verdad es que fue bastante claro. El hombre piensa en plan sobrecito de azúcar. Él cree que Maquiavelo dijo que “el fin justifica los medios” y, en esa línea, "se murió" viene a significar que los valores ya no se subordinan a la praxis política. El "capitalismo de libre empresa" -como le gusta decir- elimina la supuesta contradicción entre justicia y eficiencia. El sistema es tan perfecto que permite a la vez reducir la inflación, destrozar el déficit fiscal, bajar la pobreza y ganar elecciones (al truchardo hijo de Lavagna le gusta esto).
En sus palabras: "durante años se nos deformó el pensamiento presentándonos un falso dilema al diseñar políticas públicas donde se debía optar entre la eficiencia política en contraposición al respeto de los valores éticos y morales de occidente". Pero esto no es así, pues "la oposición entre las dimensiones de eficiencia y justicia es falsa y errónea. Esto es, lo justo no puede ser ineficiente ni lo eficiente injusto. Y es que, en la perspectiva del análisis dinámico, justicia y eficiencia son dos caras de la misma moneda". El sistema capitalista de libre empresa, dice Milei, es tanto eficiente como moralmente virtuoso. Y cuando dice "moralmente virtuoso" dice "moral judeocristiana", "valores occidentales" e incluso "derecho romano". Por eso Maquiavelo se murió. Como explicó en una nota de Daniel Gigena para La Nación el cavernícola biógrafo presidencial Nicolás Márquez, "lo que quiso decir el Presidente es que el cálculo o el oportunismo político, con lo que se suele vincular a Maquiavelo, hoy cede ante la moral y los valores supremos".
El problema es que, como cualquiera que no busque aprender filosofía con sobrecitos de azúcar sabe, Maquiavelo no sólo nunca dijo que el fin justifique los medios, sino que es justamente gracias a su labor descriptiva e histórica (de nuevo, fundadora de la ciencia política moderna) sobre el funcionamiento real del poder, a la separación que trazó entre moral/religión y política y a la autonomía que le otorgó como objeto de estudio a la política que podemos pararnos afuera para evaluarla moralmente.
Maquiavelo es incompatible con la dogmática religiosa, pero no porque propusiera una política amoral o un poder sin ética, sino más bien por lo contrario. Su posicionamiento metodológico nos obliga a reconocer lo que en la premodernidad hubiera sido imposible: que la política y la moral son asuntos separados y que, por lo tanto, el conflicto entre el pueblo y los gobernantes es irreductible. No es posible cuestionar al poder sin este reconocimiento. No hay autogobierno sin este reconocimiento. No hay libertad sin este reconocimiento.
Sin Maquiavelo no hay modernidad, sino un Estado pre-moderno en el que unos mandan y otros obedecen porque los primeros tienen no sólo el poder de la fuerza sino de la razón. ¿De qué razón? De la razón moral, a su vez derivada de la naturaleza, de lo que por esencia corresponde. Unos nacen libres y otros no. Unos nacen virtuosos y otros no. No hay ciudadanos. No hay libertad. Hay poder y el poder es la razón, el poder es justo, el poder es incuestionable. Eso es el pre-maquiavelismo. El Irán de los ayatollah es el pre-maquiavelismo. Lo sabe cualquiera que no ande repitiendo “el fin justifica los medios” como una frase de sobrecito de azúcar.
Lo mismo ocurre con el derecho, al que también trató con metodología de sobrecito de azúcar el Presidente de la Nación en Davos. Dijo textualmente: "gran parte de los conflictos humanos surgen de una fallida interrelación entre el derecho natural y el derecho positivo. Así, el derecho natural es la ley que debe regir al ser humano porque se adecua a su naturaleza y por lo tanto es justa en sentido universal. Es una ley común para todos los hombres porque es intrínseca a su esencia y por lo tanto inmodificable e inmutable. Por otra parte, el derecho positivo es el que redactan los hombres para regir a su conveniencia. De este modo, cuando la ley positiva está en consonancia con la ley natural habrá justicia. En su defecto, la ley será legal pero no será legítima". ¡Ahí está! Ulpiano, los romanos, Rothbard, iusnaturalismo by ChatGPT, Maquiavelo, boke, boke. Como diría Mingo, se 'gual.
Pero dejemos pasar, también, la ignorancia. Pensémoslo en sus propios términos y bajo su mejor luz, como si el hombre no sólo supiera leer sino, además, pensar. Imaginemos que, muerto o no Maquiavelo, lo que el Presidente está tratando de decir es lo que interpretó su biógrafo. Sería algo así como "good news, amigos, el sistema capitalista desenfrenado que me gusta a mí no sólo es eficiente, sino también justo y, por lo tanto, la política también. Si respetamos los derechos naturales que a mí me gustan (vida, libertad y propiedad privada) y la moral judeocristiana, alineamos la política, el derecho y la moral. Esto es lo que estoy haciendo yo en Argentina y mi amigo Trump en el mundo. Y por eso es que les digo metafóricamente y haciéndome el Nietzsche pinche cabrón, que Maquiavelo la quedó".
Bueno, esto es un problema. Y no me refiero a lo de parafrasear la muerte de Dios del gran Federico para anunciar el retorno al derecho romano y la moral judeocristiana. No, no. Me refiero a otra cosa. Si Milei propone eliminar la autonomía de la política y moralizarla conforme a sus propios valores sin ningún tipo de intermediación epistemológica más o menos respetuosa de la existencia de otras personas distintas de las que habitan en el círculo de lectores de Tarot, anarco-analfabetos, misóginos y homofóbicos que lo rodean, como mujer, judía, feminista y liberal-igualitaria me da un toquecito de escozor. En castellano: si la política es justa cuando Milei dice que es justa, si el derecho es justo cuando Milei dice que es justo, medio que estamos en problemas. Y no lo digo sólo en términos ontológicos sino, de nuevo, epistemológicos.
Milei equipara justicia y eficiencia, política y moral, poder y ética. Por eso quiere matar a Maquiavelo. Pero si la política es intrínsecamente justa, si el derecho es siempre moralmente valioso, si el poder es siempre éticamente aceptable, entonces no hay cuestionamiento posible ni al derecho, ni a la política ni al poder. El valor de Maquiavelo radica, precisamente, en su descarnada descripción del poder real. Así funciona. Así es. La moral es otra cosa. Es otro orden. Otro plano. Si no separamos derecho y moral, moral y política, poder y razón, estamos sometidos a la fuerza bruta.
No es que el derecho, la política y el poder no deban ser pensados en términos morales (me refiero a la moral crítica, no a la positiva). Todo lo contrario. El punto es, justamente, que si el derecho, la política y el poder YA SON moralmente correctos, la moral se vuelve irrelevante. No hay nada que evaluar. No hay nada que criticar. Carlos Nino lo explicó brillantemente con su noción de la paradoja de la irrelevancia moral del derecho. Si el derecho, para ser tal, debe ser justo (es decir, si no podemos calificar de derecho a un derecho injusto), entonces ¿para qué queremos la moral? Lo mismo ocurre con la política y el poder.
Cuando Milei nos dice "Maquiavelo murió, ya no hay un conflicto entre el oportunismo político (que, de nuevo, Maquiavelo describió pero no justificó) y lo moralmente correcto porque el capitalismo de libre empresa” ES a la vez eficiente y justo", lo que hace no es terminar con el oportunismo o el cálculo político, pues tal cosa, como también explicó Weber al distinguir la ética de las convicciones de la ética de la responsabilidad, no resulta posible. Sólo un niño en términos políticos, dirá Weber, cree que el mundo real es como él desearía que fuese. Y ojo, yo un poco lo entiendo en ésta a Milei, eh. A mí también me cuesta mucho aceptar que el mundo es una verdadera garcha, incluyendo el hecho de que él gobierne mi país. Pero es lo que hay, bro.
De modo que, lejos de terminar con el cálculo (cosa imposible), lo que clausura Milei cuando equipara poder y moral, política y ética, derecho y justicia es, justamente, la moral, la ética y la justicia. Desaparecen. Se vuelven irrelevantes. No existen más. No hay nada que evaluar. El poder ES moral. La política ES ética. El derecho ES justo. Pero esto, como sabemos, no es cierto. El poder es y siempre será, en muchas circunstancias, moralmente reprochable. La política es y siempre será muchas veces contraria a principios éticos. Y el derecho es y siempre será en muchísimas circunstancias injusto.
No podemos renunciar a evaluar el poder, la política y el derecho desde el punto de vista moral. No debemos renunciar. Quien busque convencernos de otra cosa se encamina, queriéndolo o no (evito juzgar las intenciones de un hombre adulto con dificultades para leer de corrido un texto escrito), se encamina, digo, al peor autoritarismo: el que clausura toda posibilidad de evaluación moral externa de quienes detentan el monopolio de la fuerza.
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