
El sueño húmedo de Milei y Santi Caputo cobra forma entre aprietes, pauta, gas pimienta y balas de goma
Ayer me sorprendió leer a periodistas oficialistas anonadados porque la Policía Federal golpeó y detuvo arbitrariamente a un camarógrafo de A24 en una protesta de Greenpeace previa a la discusión en el Senado de la reforma a la Ley de Glaciares. Me refiero a tipos como Esteban Trebucq, Luis Novaresio o mi muy estimado Claudio Savoia. Alguno se enojará por el calificativo. Sepan que lo digo sin ánimo de ofender. Me parece que es una obvia verdad. Nada de lo que puedan haberle criticado en algún que otro asuntillo de interés general podrá contrastar las infinitas ocasiones en que, con mayor o menor efusividad, por acción u omisión, queriendo o sin querer queriendo, sirvieron a este gobierno infame.

"Les tiraron gas pimienta", dijo Novaresio. "Si no se aparta rápidamente a estos policías es que la ministra Monteoliva está de acuerdo", agregó, cuestionando incluso si la sucesora de "gatillo fácil Bullrich" está o no en condiciones de conducir la cartera de Seguridad. "Gravísimo", tituló en mayúsculas mi amigo Claudio en Twitter. "Pésimo, mi solidaridad con nuestro colega", dijo jugadísimo el pelado Trebucq, más luego acomodado de un puntinazo por la Bullrich-wannabe Florencia Arietto, que se pasó el día señalando que "la ley es pareja para todos" y que si la poli puede fajar a Grabois y a Beliboni por qué no podría fajar a un camarógrafo.


Nunca pensé que iba a decir esto, pero ¿saben qué? ¡Tiene razón Arietto! A ver, en rigor: lo que hizo la poli en la protesta de Greenpeace está mal siempre. Hay una cosa en la Constitución Nacional y en los tratados internacionales con jerarquía constitucional que se llama libertad de expresión y hay una prima de esa que se llama derecho de protesta y hay otra de la misma banda que se llama derecho de peticionar ante las autoridades y todas esas y un par de boludeces más que son, conforme a las normas que rigen en este país y a cómo las ha interpretado históricamente la Corte Suprema de Justicia de la Nación -a su vez un grupete de señores mayores investidos con autoridad suficiente para más o menos decir qué carajo tiene que pasar en un caso concreto con la aplicación de eso que llamamos "derechos"- digo todas esas cosas están, existen, son ley vigente en la República Argentina y dicen que no podés cagar a palos y detener a las personas por poner inodoros de cartón en las escalinatas del Congreso de la Nación para putearte por aprobar leyes de mierda.

Ahora bien, Arietto al menos se equivoca en todas por igual. Le da lo mismo si fajan a Grabois y a Beliboni o a un camarógrafo del Milei-friendly A24. Quiere que fajen a todos. Y eso a mí me parece bastante más digno que lo del periodismo cagón que miró para otro lado cuando la Gendarmería de Bullrich dejó al borde de la muerte al reportero gráfico Pablo Grillo o que sigue tratando a la ahora senadora con la deferencia que merecen los seres humanos cuando saben (PORQUE SABEN) que es una mercenaria que, con tal de sumar derpo, es capaz de azuzar a polis mal pagos y pasados de merluza para que muelan a golpes a unos pobres jubilados. De manera que bien por Arietto, señores. A mí a los hijos de puta me gusta verlos venir.

Me obsesioné con los memes de los Simpsons, perdón. Ocurre que, como dijo el célebre Jerry Maguire, we live in a cynical world, a cynical... world. Y yo esto sin los Simpsons no te lo sobrevivo, bro. De modo que, parafraseando a Lionel Hutz, existe la verdad y existe... la verdad. Hay periodistas y hay periodistas. Hay camarógrafos y hay camarógrafos. Me solidarizo al 100% con Facundo Tedeschini, el trabajador de A24 agredido ayer por quienes tienen el altísimo honor de blandir el monopolio de la fuerza pública en nombre de la Constitución Nacional Argentina. ¿Por qué, sin embargo, sintieron como propio lo de Facundo el pelado Trebucq, Novaresio y Savoia, pero no lo sienten cada miércoles en que el Estado se dedica a golpear adultos mayores que reclaman por sus derechos?

Hace varios meses, en una marcha de jubilados, nos cazó la policía por las inmediaciones del Congreso como si fuésemos terroristas. Estábamos EN LA VEREDA. Los que incumplían el protocolo de Bullrich eran los polis que ocupaban la vía pública. Nos corrieron, nos gasearon, nos echaron. Lo conté ao vivo en radio con Romina Manguel, que tuvo la deferencia de oírme y hacerme oír. Novaresio me conoce bien. Me ha llamado más de una vez cuando dije algo que le molestó. Con Savoia supo unirme una pequeña amistad. Ninguno me escribió para solidarizarse, ni siquiera en privado. Me chupa tres huevos, eh. Imaginate que a Pablo Grillo casi lo matan y todos siguieron en plan José Gómez Fuentes.
El problema con el periodismo no es tanto que sea una casta, como pretende, full incoherente, el Presidente de la Nación mientras persigue disidentes con juicios y sujetos violentos disfrazados de policías a la par que premia con pauta oficial y paraoficial (YPF & co.) a Jony Viale, Majul y otros cínicos de la misma estirpe. El problema es que en el periodismo hay castas en plural. Es un sistema de jerarquías, de clases. Algunos valen más que otros. Algunos merecen libertad de expresión y otros no. Unos son intocables y otros son descarte. Imaginate si a Viale o Majul los rozara siquiera una partícula de gas pimienta en una manifestación contra el gobernador bonaerense Axel Kicillof. Ahh, qué distinto se vería el derecho a la libertad de expresión...
A mí, lo que es a mí, lo que me resulta más increíble de los nuevos indignados del periodismo selectivo es que de los manifestantes de Greenpeace detenidos no se dijo una sola palabra. Pareciera que va de suyo que a esos no les caben los mismos derechos que sí les caben a los periodistas (bah, como vimos, a algunos periodistas). Por eso valoro lo de Arietto. Porque el punto de los derechos (y ella es jurídicamente burrísima, pero esto se ve que lo entiende porque es demasiado básico) es, justamente, que son universales. En principio, claro. Pero en este caso corre bien la universalidad. O la policía puede cagar a palos a todos o no puede a ninguno.
Pero, guarda la tosca, porque los pibardos de los inodoros también son, bueno... personas. En consecuencia, tienen los mismos derechos que los periodistas y reporteros gráficos. Parece una tontería, pero es importante aclararlo. Porque cuando mirás la tele o leés los diarios de este país, a los manifestantes se los asume poco menos que terroristas. "Es una protesta política", se escucha a diario como pretendida justificación de la represión ilegal y la violencia institucional del gobierno de Javier Gerardo Milei. Las protestas son políticas y el agua moja, sí. Como dijo otra prócer, "ain sorry for iu, querida". Es así. Qué se le va a hacer. Se llama democracia.
Ahora todos se rasgan las vestiduras porque Milei trató de terrorista a Facundo Tedeschini y a FOPEA, pero cuando detienen militantes de izquierda a mansalva con excusas pseudo-jurídicas avaladas por el sistema de justicia más chupapijas que recuerde nuestra historia constitucional bajo gobiernos formalmente democráticos, nadie dice nada.

Mi problema con la inconsistencia del discurso público para las distintas castas periodísticas o para periodistas y manifestantes no es sólo que violan el principio de universalidad de los derechos. Eso me jode casi pedagógicamente hablando. No, no. Lo que realmente me preocupa es que quienes trazan esas absurdas diferencias de trato no parecen advertir cuál es, en definitiva, la razón por la cual, como muestran las estadísticas recientes denunciadas por FOPEA y otras organizaciones de la sociedad civil ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y reconocidas ya en el Informe 2024 de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión, el gobierno de Milei apunta deliberadamente contra el periodismo.
No parecen advertir, quiero decir, qué hay detrás de las denuncias penales o demandas civiles contra periodistas, qué hay detrás de la derogación del Estatuto del Periodista Profesional, qué hay detrás de la eliminación de la "pauta oficial" y el crecimiento exponencial de los fondos reservados de la SIDE, qué hay detrás de las balas de goma, del gas pimienta y de la exacerbación de la violencia institucional en las protestas y manifestaciones públicas.
Porque el periodismo es mucho muy importante, sí, pero sólo de manera instrumental. ¿Instrumental para qué? Pues para la democracia, chicos, ¿para qué va a ser? Por eso fajan reporteros gráficos en las marchas. Para que no muestren, para que no exhiban que en la Argentina se reprimen protestas pacíficas como la de la gente de Greenpeace, que de ninguna manera buscaba meterse adentro del recinto como se intentó hacer creer desde las vocerías mileístas. Eran diez pibes llamando la atención en las escalinatas de la casa de la democracia. La poli quería sacarlos a patadas. El camarógrafo de A24 sólo era un obstáculo para ese objetivo.
Milei y Caputo no quieren gente en la calle. No quieren voces disidentes. No quieren opiniones diversas. No quieren crítica. Por eso sueñan con un país sin periodistas. Porque lo que en verdad quieren es un país sin democracia, en el que, a lo sumo, la ciudadanía se exprese por el voto cada dos o incluso más años. Y por eso, al cabo, es tan importante seguir haciendo periodismo libre. Como sea. Porque como dijo uno que algo sabía de esto: el periodismo es libre o es una farsa.
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